David Copperfield
David Copperfield –Littimer es más tonto de lo que pensaba si se interesa tanto por mà –dijo mi amigo, sirviéndose alegremente un vaso de vino y bebiéndolo a mi salud–. En cuanto a adivinar lo que pasa por su cabeza, Daisy, si eres capaz de hacerlo, eres más listo que la mayorÃa de nosotros.
–Tienes razón –afirmé, acercando mi silla a la mesa–. ¡Asà que has estado en Yarmouth, Steerforth! –añadÃ, deseoso de conocer todos los detalles–. ¿Mucho tiempo?
–No –respondió–. Ha sido una escapada de poco más de una semana.
–¿Y cómo se encuentran todos allÃ? Supongo que la pequeña Emily no se ha casado todavÃa, ¿verdad?
–Aún no. Creo que la boda es dentro de unas semanas, o de unos meses… No sé, no los he visto mucho. A propósito, tengo una carta para ti –señaló, mientras dejaba el cuchillo y el tenedor que habÃa estado utilizando con tanta diligencia y empezaba a rebuscar en sus bolsillos.
–¿De quién?
–De tu antigua niñera –repuso, sacando unos papeles del bolsillo interior de su chaqueta–. «El señor J. Steerforth debe a La Voluntad…», no, esto no. Un poco de paciencia, en seguida la encontraremos. El viejo… no recuerdo su nombre… se encuentra muy enfermo; creo que por eso te escribe.