David Copperfield
David Copperfield –¿Te refieres a Barkis?
–¡SÃ! –exclamó, mientras seguÃa rebuscando en sus bolsillos y mirando lo que habÃa en ellos–. Me temo que todo ha terminado para el pobre Barkis. Estuve conversando con un pequeño boticario… o médico, no sé muy bien… que, al parecer, tuvo el honor de traerte al mundo. Habló con erudición del caso; pero lo que quiso decir es que el carretero no tardarÃa en emprender su último viaje. Mira en el bolsillo interior del abrigo que he dejado en esa silla; creo que la carta está allÃ, ¿no?
–¡Aquà está! –contesté.
–¡Bien!
Era una nota de Peggotty; algo más ilegible de lo habitual, y muy breve. Me comunicaba el estado desesperado de Barkis, y me daba a entender que se mostraba «un poquito más agarrado» de lo habitual, lo que dificultaba que pudiera cuidarle debidamente. No mencionaba sus desvelos ni su fatiga, y dedicaba grandes alabanzas a su marido. Estaba redactada sin la menor afectación, con una sencillez y una familiaridad que yo sabÃa sinceras; y se despedÃa con «mis respetos a mi querido niño», refiriéndose a mÃ.
Mientras yo descifraba la carta, Steerforth siguió comiendo y bebiendo.