David Copperfield

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–Es muy triste –exclamó cuando hubo terminado–; pero el sol se pone todos los días y no transcurre un minuto sin que muera alguien; no debemos asustarnos de un destino que nos espera a todos. Si nos acobardamos porque oímos en algún lugar la llamada que tarde o temprano viene a buscar a todos los hombres, los objetivos que perseguimos se nos escaparán de las manos. ¡No! ¡Hay que seguir adelante! Sin miramientos, si es necesario; o con ellos, si es posible, pero ¡hay que seguir adelante! ¡Saltar por encima de los obstáculos y ganar la carrera!

–¿Qué carrera? –pregunté.

–La que todos hemos comenzado –respondió–. ¡Hay que seguir adelante!

Recuerdo que cuando se calló y me miró con su hermosa cabeza echada hacia atrás y un vaso en la mano, vi que su rostro, a pesar de guardar la frescura de la brisa del mar y de estar curtido por el sol, reflejaba cierta fatiga que no tenía en nuestro último encuentro; y tuve la impresión de que se había lanzado, con la energía y la vehemencia que le caracterizaban, a una de esas empresas que, una vez iniciadas, parecían inflamar su ánimo. Estuve a punto de reprocharle la fogosidad con que perseguía todos sus caprichos –luchar contra una mar embravecida y desafiar las tormentas, por ejemplo–, pero mis pensamientos volvieron al tema principal de nuestra conversación.


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