David Copperfield

David Copperfield

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Me despertó alguien que decía: «¡Aquí está!», al tiempo que destapaba mi cabeza empapada en sudor. Mi madre y Peggotty habían venido a buscarme, así que se trataba de una de ellas.

–Davy –dijo mi madre–. ¿Qué te ocurre?

–Nada –contesté, pues me pareció muy raro que me lo preguntara.

Recuerdo que volví la cabeza para ocultar el temblor de mis labios, que le habrían dado una respuesta mucho más sincera.

–¡Davy! –exclamó ella–. ¡Davy, mi pequeño!

No podría haber pronunciado unas palabras que me conmovieran más. Escondí mis lágrimas bajo las sábanas y, cuando quiso acercarme a ella, la aparté con la mano.

–Esto es obra tuya, Peggotty, ¡mala mujer! –protestó mi madre–. No tengo la menor duda. ¿Cómo puedes tener la conciencia tranquila después de haber puesto a mi hijo en contra mía, o de alguien muy querido por mí? ¿Qué pretendes con ello?

La pobre Peggotty, levantando sus manos y sus ojos, respondió con una especie de paráfrasis de la oración que yo solía decir después de la cena:

–Que el Señor la perdone, señora Copperfield, y que jamás tenga que lamentar de veras lo que acaba de decir.


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