David Copperfield
David Copperfield –He oÃdo con pesar malas noticias del señor Barkis –señalé.
El señor Omer me miró gravemente y movió la cabeza.
–¿Sabe usted cómo se encuentra esta noche? –inquirÃ.
–Si no se lo he preguntado yo, ha sido por delicadeza –respondió el anciano–. Es uno de los inconvenientes de nuestro negocio. Cuando alguien enferma, no podemos interesarnos por su salud.
Era un problema que no se me habÃa ocurrido; aunque también yo, al entrar en la tienda, habÃa temido oÃr el viejo martilleo. ComprendÃ, sin embargo, que el señor Omer tenÃa razón, y se lo dije.
–SÃ, sÃ, usted me entiende –exclamó el anciano, moviendo la cabeza–. No nos atrevemos. Créame, casi nadie se recuperarÃa del susto si nos oyera decir: «Omer y Joram le envÃan saludos y desean saber cómo se encuentra esta mañana»… o esta tarde… según la ocasión.
Los dos asentimos, y el señor Omer tomó aliento con la ayuda de su pipa.