David Copperfield
David Copperfield –Es algo que impide a la gente de mi profesión ser todo lo amable que desearÃa –prosiguió el señor Omer–. FÃjese en mi caso, por ejemplo. No se trata de una amistad de un año, ¡llevo más de cuarenta años saludando a Barkis cuando pasa por aquÃ! Y, sin embargo, ni siquiera puedo preguntar por su salud.
Me pareció bastante doloroso para él, y se lo dije.
–No creo ser más egoÃsta que los demás –dijo–. ¡FÃjese en mÃ! En cualquier momento puede faltarme la respiración, ¿cómo voy a ser egoÃsta en semejantes circunstancias? SerÃa extraño en un hombre que sabe que su respiración está a punto de fallar, al igual que un fuelle al que dieran un corte, y que además es abuelo.
–Tiene razón.
–Y no es que me queje de mi trabajo –añadió el señor Omer–. No se trata de eso. Tiene cosas buenas y cosas malas, como todas las profesiones. Lo que me gustarÃa es que la gente tuviera más temple.
El señor Omer, con rostro afable y satisfecho, dio algunas bocanadas en silencio.