David Copperfield

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–Así, pues, nos vemos obligados a contentarnos con las noticias del señor Barkis que nos da Emily. Ella sabe cuáles son nuestras verdaderas intenciones, y no le inspiramos más temores o recelos que si fuéramos simples corderos. Todas las tardes va a ayudar un poco a su tía, después del trabajo, y Minnie y Joram acaban de ir allí, a fin de preguntarle cómo se encuentra esta noche. Si quiere esperar hasta que regresen, le darán toda clase de detalles. ¿Le apetece tomar algo? ¿Un vaso de ponche con agua? Yo siempre bebo un poco mientras fumo –exclamó, cogiendo su vaso–, pues dicen que suaviza las vías por donde pasa esa maldita respiración mía. Pero no son éstas las que se hallan en mal estado –aseguró con voz ronca–. Como le digo a mi hija Minnie, ¡que me den el aire suficiente, y ya me encargaré yo de encontrarle paso!

Lo cierto es que andaba tan corto de aliento que resultaba de lo más alarmante verlo reír. Cuando estuvo de nuevo en condiciones de que le hablaran, le di las gracias por su ofrecimiento, que rehusé explicándole que acababa de cenar. Después de añadir que esperaría el regreso de su hija y de su yerno, ya que tenía la amabilidad de invitarme, le pregunté por la pequeña Emily.

–Para serle sincero, señor –respondió el señor Omer, retirando la pipa de su boca para rascarse la barbilla–, me alegrará mucho verla casada.


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