David Copperfield
David Copperfield –¿Por qué motivo? –inquirÃ.
–Porque está muy inquieta –contestó el anciano–. No es que no siga tan hermosa como siempre… puedo asegurarle que cada dÃa está más hermosa. No es que no trabaje tan bien como antes, porque lo hace igual. Antes valÃa por seis, y ahora continúa valiendo por seis. Y, sin embargo, es como si le faltara entusiasmo. No sé si comprenderá usted lo que quiero decir con la expresión: «¡Un último esfuerzo! ¡Vamos, muchachos! ¡Hurra!» –prosiguió el señor Omer, rascándose de nuevo la barbilla con aire pensativo–. Y eso es, en términos generales, lo que echo de menos en Emily.
El rostro y los ademanes del señor Omer fueron tan expresivos que asentà con la cabeza, como si adivinase lo que querÃa dar a entender. Mi rapidez de comprensión pareció satisfacerle, y prosiguió.
–Pues bien, considero que todo eso se debe principalmente a lo incierto de su situación. He hablado mucho del asunto con su tÃo y con su novio, después del trabajo; y mi opinión es que necesita establecerse. No debemos olvidar –dijo el señor Omer– que Emily es una criatura extraordinariamente cariñosa. Dice el refrán que no puede hacerse una bolsa de seda con la oreja de una cerda. La verdad es que no lo sé. Pienso que tal vez sea posible si se empieza a una edad temprana. Esa vieja gabarra se ha convertido para ella en un hogar más precioso que un palacio de mármol y de piedra.