David Copperfield
David Copperfield Él la atrajo hacia sÃ, le susurró algo al oÃdo y la besó. Y entonces comprendÃ, al ver que mi madre apoyaba la cabeza en su hombro y acariciaba su cuello con el brazo, que el señor Murdstone podrÃa moldear a su antojo el carácter de mi madre, siempre tan dúctil. Y lo comprendà con la misma claridad con que lo sé ahora.
–Puedes volver a la sala, mi amor –señaló él–. David y yo bajaremos juntos.
Despidió a mi madre con una sonrisa y, cuando ésta se hubo marchado, se volvió hacia Peggotty con rostro sombrÃo.
–Amiga mÃa, ¿acaso no sabe cómo se llama su señora? –le preguntó.
–He estado tanto tiempo a su servicio que deberÃa saberlo –respondió Peggotty.
–En efecto –dijo el señor Murdstone–. Sin embargo, cuando subÃa por las escaleras me ha parecido oÃr que se dirigÃa a ella por un apellido que no le pertenece. Ya sabe que ahora lleva el mÃo. ¿Podrá recordarlo?