David Copperfield

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Peggotty, después de lanzarme una mirada de inquietud, salió de la habitación sin responder, haciendo una pequeña reverencia; supongo que sabía que era eso lo que se esperaba de ella y no encontró la menor excusa para quedarse. En cuanto nos quedamos los dos solos, el señor Murdstone cerró la puerta, se sentó en una silla y, colocándome delante de él, me miró fijamente. Sentí que mis ojos se clavaban con la misma intensidad en los suyos. Siempre que recuerdo aquella escena, los dos frente a frente, creo oír los latidos de mi corazón, cada vez más intensos y acelerados.

–David –me dijo, apretando los labios hasta convertirlos en una delgada línea–, cuando he de tratar con un caballo o con un perro muy obstinados, ¿qué crees que hago?

–No lo sé.

–Les pego.

Yo había respondido con una especie de susurro entrecortado, pero ahora sentí, en medio de mi silencio, que me faltaba el aire.

–Les pego hasta que se estremecen de dolor. Me repito a mí mismo: «Dominaré a este animal»; y te aseguro que lo conseguiría aunque para ello tuvieran que perder toda su sangre. ¿Qué tienes en la cara?

–Suciedad –contesté.


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