David Copperfield
David Copperfield Él sabÃa tan bien como yo que eran las huellas de mis lágrimas. Y, sin embargo, aunque me lo hubiera preguntado veinte veces, cada una de ellas acompañada de veinte golpes, creo que mi pequeño corazón se habrÃa roto antes de reconocer la verdad.
–Eres muy inteligente para tu edad –afirmó con la sonrisa siniestra que le caracterizaba–, y veo que me comprendes muy bien. Lávate la cara, caballero, y baja conmigo.
Señaló el lavabo que me habÃa traÃdo a la memoria a la señora Gummidge, mientras hacÃa un gesto con la cabeza para que le obedeciera en seguida. Apenas tuve alguna duda entonces, y aún menos las tengo ahora: de haber vacilado en seguir sus órdenes, me habrÃa pegado sin el menor escrúpulo.
Cuando hice lo que me pedÃa, el señor Murdstone me condujo a la sala.
–Clara, querida –dijo sin soltar mi brazo–; confÃo en que no volverán a importunarte. No tardaremos en corregir su joven carácter.