David Copperfield
David Copperfield Bien sabe Dios que si me hubiera hablado con amabilidad en aquellos momentos, yo habría podido ser mejor e incluso convertirme en una criatura diferente para el resto de mi vida. Unas palabras de aliento y de explicación, unas palabras de piedad para mi ignorancia infantil, unas palabras de bienvenida que me tranquilizaran y me ayudaran a sentir que aquél era mi hogar, podrían haber conseguido que le obedeciera de todo corazón, sin hipocresía, y que, en lugar de odiarle, le respetara. Tuve la impresión de que a mi madre le dolía verme en medio de la sala tan confuso y atemorizado y, cuando me senté silenciosamente en una silla, me siguió con una mirada todavía más triste, como si echara de menos la antigua libertad de mis pasos infantiles. Pero nadie pronunció esas palabras, y después fue demasiado tarde.
Cenamos los tres solos. El señor Murdstone parecía muy enamorado de mi madre (sin que eso aumentara mi simpatía por él) y ella le correspondía. Deduje de su conversación que una hermana mayor de él iba a instalarse en casa y que esperaban su llegada aquella misma tarde. No recuerdo si descubrí entonces o más adelante que, aunque no intervenía activamente en ningún negocio, tenía una participación o percibía una cantidad anual de los beneficios de una vinatería de Londres, vinculada a su familia desde los tiempos de su bisabuelo, y en la que su hermana tenía un interés similar; en cualquier caso, lo menciono ahora.