David Copperfield
David Copperfield –Se hace tarde, mi amor –exclamó el señor Peggotty–, y ha venido Ham para acompañarte a casa. ¡Vamos! ¡Ve con ese otro ser entrañable! ¿Qué respondes, Emily, tesoro mÃo?
El sonido de su voz no llegó hasta mÃ, pero él inclinó la cabeza como si la estuviera escuchando.
–¿Que te deje quedarte con tu tÃo? ¡No puedes pedirme eso! ¿Cómo vas a quedarte con tu tÃo, muñeca? ¿Acaso no ves que ha venido a llevarte a casa el que pronto será tu marido? Nadie lo creerÃa, viendo a esta mujercita al lado de un viejo lobo de mar como yo –afirmó el señor Peggotty, mirándonos a los dos sin disimular su orgullo–, pero lo cierto es que no hay más sal en la mar que cariño por su tÃo en el corazón de esta pequeña tontuela.
–Emily tiene razón en eso, señorito Davy –aseguró Ham–. Puesto que lo desea y además está inquieta y asustada, la dejaré aquà hasta mañana. ¡Y yo me quedaré con ella!
–No, no –respondió el señor Peggotty–. No debes hacerlo… un hombre casado… o a punto de serlo… no debe perder un dÃa de trabajo. Y no puedes pasar la noche en vela y después ir a trabajar. No es bueno. Será mejor que vuelvas a casa y te acuestes. Ya sabes que cuidaremos bien de Emily.