David Copperfield
David Copperfield Ham se dejó convencer y cogió el sombrero para marcharse. E incluso, cuando se despidió de ella con un beso (siempre que le veía acercarse a Emily pensaba que la naturaleza le había dado un alma de caballero), tuve la impresión de que la joven se apretaba más contra el señor Peggotty, como si quisiera alejarse de su futuro marido. Cerré la puerta tras él, a fin de que ningún ruido turbara el silencio que nos rodeaba; y, cuando me di la vuelta, vi que el señor Peggotty seguía hablando con Emily.
–Ahora subiré a decirle a tu tía que el señorito Davy está aquí, y eso la animará un poco –afirmó–. Siéntate junto al fuego mientras tanto, querida, y calienta tus manos heladas. No debes asustarte tanto, ni sentirte tan afligida. ¿Cómo? ¿Que quieres venir conmigo? ¡Vamos, pues! Si su tío se quedara en la calle, señorito Davy, y se viera obligado a dormir en la cuneta, ¡estoy seguro de que ella lo acompañaría! –dijo el señor Peggotty, con el mismo orgullo que antes–. Pero pronto habrá alguien más… ¡muy pronto, Emily!
Más tarde, cuando subí al piso de arriba y pasé por delante de mi pequeño dormitorio, en el que reinaba la oscuridad, creí distinguir la figura de Emily tendida en el suelo. Pero no sé si era realmente ella o tan sólo un juego de sombras en el interior de la habitación.