David Copperfield

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Cuando vi el estado en que se hallaba, las probabilidades de que esto ocurriera me parecieron muy escasas. Yacía con la cabeza y los hombros fuera de la cama, en una posición sumamente incómoda, medio apoyado en la caja que tantos quebraderos de cabeza le había causado. Peggotty me explicó que, el día en que no pudo deslizarse bajo el colchón para abrirla, ni asegurarse de que se hallaba a buen recaudo con la ayuda de su bastón, como yo le había visto hacer, había pedido que la colocaran encima de una silla, junto a su cabecera; y desde entonces había vivido abrazado a ella, noche y día. En aquellos momentos, la rodeaba con su brazo. El tiempo y el mundo se le escapaban, pero la caja seguía allí; y las últimas palabras que había pronunciado –a modo de explicación– habían sido: «¡Ropa vieja!».

–¡Barkis, querido! –exclamó Peggotty casi con alegría, al tiempo que se inclinaba sobre él mientras su hermano y yo continuábamos a los pies de la cama–. Aquí está mi niño… mi querido niño, ¡sin él no nos hubiéramos conocido, Barkis! ¿Te acuerdas de que me enviabas mensajes a través de él? ¿Es que no piensas hablar con el señorito Davy?

Siguió tan mudo e insensible como la caja, que era lo único que daba alguna expresión a su figura.

–Se irá con la marea –me dijo el señor Peggotty, tapándose la boca con la mano para que no le oyeran.


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