David Copperfield
David Copperfield La casa no podÃa resultar más acogedora. El señor Peggotty habÃa fumado ya su pipa vespertina, y estaban ultimando los preparativos para la cena. El fuego ardÃa alegremente, las cenizas habÃan sido recogidas, y el cajón seguÃa en su lugar, esperando que Emily se sentara en él. Peggotty se encontraba en su sitio de siempre y, de no haber sido por su ropa de luto, hubiera podido creerse que no lo habÃa abandonado nunca. TenÃa en su regazo el costurero con la catedral de Saint Paul en la tapa, la pequeña cabaña donde guardaba la cinta para medir y el pedacito de cera; todo seguÃa igual, como si nadie lo hubiera tocado. La señora Gummidge parecÃa algo quejosa, en su viejo rincón, lo que tampoco suponÃa ningún cambio.
–Es usted el primero en llegar, señorito Davy –comentó el señor Peggotty, con rostro satisfecho–. QuÃtese también la chaqueta si está mojada.
–Gracias, señor Peggotty –respondÃ, entregándole mi abrigo para que lo colgara–; está completamente seca.
–¡Tiene razón! –añadió él, palpándome los hombros–. ¡Tan seca como una astilla! Siéntese, señor. No es necesario que le dé la bienvenida, pero se la doy, y de todo corazón.
–Gracias, señor Peggotty. Estoy seguro de eso. Y bien, mi vieja Peggotty –dije, dándole un beso–, ¿cómo te encuentras?