David Copperfield
David Copperfield –¡Ah! –exclamó riendo su hermano, mientras se sentaba a nuestro lado frotándose las manos (empujado por la cordialidad de su carácter y sin duda aliviado porque algo tan triste hubiera terminado)–. Ninguna mujer en el mundo, señor, puede tener la conciencia más tranquila que ella, y asà se lo digo. Ha cumplido con su deber, y el difunto lo sabÃa; y éste fue un buen marido, del mismo modo que ella fue una buena esposa; y… ¡y no hay nada de que arrepentirse!
La señora Gummidge gimió.
–¡AnÃmese, querida amiga! –exclamó el señor Peggotty (al tiempo que nos miraba de reojo, moviendo la cabeza, consciente de que los últimos acontecimientos habÃan despertado en ella el recuerdo de su viejo)–. ¡Vamos, no se ponga asÃ! Por su propio bien, anÃmese, aunque sea un poco… ya verá cómo después vuelve a su naturaleza.
–No puedo, Daniel –repuso la anciana–. Mi naturaleza es estar sola y desamparada…
–No, no –insistió el señor Peggotty, tratando de consolarla.
–¡SÃ, Daniel! –dijo la señora Gummidge–. No soy una mujer que pueda vivir con personas que han heredado dinero. Todo está en contra mÃa. SerÃa mejor que desapareciera.