David Copperfield

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–¿Pero cómo íbamos a gastar ese dinero sin su ayuda? –protestó el señor Peggotty–. ¿De qué está usted hablando? ¿No ve que la necesito más que nunca?

–¡Ya sabía yo que antes no me necesitaba! –lloriqueó lastimosamente la señora Gummidge–. ¡Y ahora me lo dice! ¿Cómo podía creer que me necesitaba, tan sola y tan desamparada, y siempre con todo en contra mía?

El señor Peggotty pareció muy disgustado consigo mismo por haber pronunciado unas palabras susceptibles de ser tan cruelmente interpretadas, pero Peggotty le tiró de la manga moviendo la cabeza para impedir que respondiera a la anciana. Después de observar a la señora Gummidge unos instantes, muy apenado, echó una ojeada al reloj holandés, se levantó, despabiló la vela y la puso en la ventana.

–¡Ya está! –exclamó complacido–. ¡Ya está, señora Gummidge!

A la anciana se le escapó un débil gemido.



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