David Copperfield
David Copperfield –¡La vela en su lugar! –continuó el señor Peggotty–. Se preguntará para qué es, señor. Pues bien, es para nuestra pequeña Emily. El camino no es alegre, ni está demasiado iluminado después de oscurecer; y, si estoy en casa cuando ella vuelve del trabajo, pongo una vela en la ventana. Asà se consiguen dos cosas –señaló mi anfitrión, inclinándose hacia mà jubiloso–, que la pequeña Emily piense: «¡Allà está mi casa!», y también: «¡Mi tÃo se encuentra en ella!»; pues, cuando no estoy, nadie pone una luz.
–¡Eres un chiquillo! –afirmó Peggotty, sin poder evitar quererlo más por eso mismo.
–Lo sé muy bien –respondió su hermano, muy satisfecho, mientras nos miraba alternativamente a nosotros y al fuego, con las piernas separadas y restregándose los pantalones con las manos–, aunque lo cierto es que nadie lo dirÃa al verme.
–En efecto –dijo Peggotty.