David Copperfield
David Copperfield –En mi opinión –prosiguió el señor Peggotty con cara de satisfacción, sin dejar de restregarse las piernas–, todo se debe a lo mucho que he jugado con ella, fingiendo que éramos turcos, y franceses, y tiburones, y toda clase de extranjeros… ¡válgame Dios! Y leones y ballenas, y no sé cuántas cosas más, cuando ella no me llegaba ni a la rodilla. Se ha convertido en una costumbre para mÃ, ¿saben? ¡Miren esta vela! –exclamó, alargando alegremente su mano hacia ella–. Sé muy bien que, cuando Emily se haya casado y se haya ido, la seguiré dejando en la ventana, igual que ahora. Sé muy bien que, cuando me encuentre aquà por la noche (¡en qué otro lugar podrÃa vivir, aunque heredara una fortuna!) y ella no esté conmigo, pondré la vela en la ventana y me sentaré junto al fuego, simulando que la espero, como hago ahora. Soy un chiquillo, sà –repitió el señor Peggotty, estallando nuevamente en carcajadas–, con el aspecto de un enorme erizo de mar. Ahora mismo, cuando veo cómo brilla la vela, pienso: «¡La está mirando! ¡Emily está a punto de llegar!». Soy un chiquillo, sÃ, bajo el aspecto de un enorme erizo de mar. Y tengo toda la razón –dijo mi anfitrión, interrumpiendo su risa y dando una palmada–, ¡pues aquà está!
Pero sólo era Ham. La noche debÃa de ser más húmeda que cuando llegué, pues llevaba un gran sueste, con el ala caÃda sobre el rostro.