David Copperfield
David Copperfield –¿Dónde está Emily? –preguntó el señor Peggotty.
Ham hizo un ademán con la cabeza, como si la joven estuviera fuera. El señor Peggotty cogió la vela de la ventana, la despabiló, la dejó sobre la mesa y empezó a atizar el fuego.
–Señorito Davy –dijo Ham, sin moverse–, ¿puede venir un momento? Emily y yo queremos mostrarle algo.
Salimos juntos y, al pasar delante de él, me di cuenta, para mi sorpresa y mi espanto, de que estaba mortalmente pálido. Me empujó precipitadamente al exterior y cerró la puerta detrás de nosotros. Detrás de nosotros dos solos.
–¡Ham! ¿Qué ocurre?
–¡Señorito Davy!
¡Con cuánta desesperación lloró aquel corazón destrozado! Ser testigo de tanto dolor me paralizó. No sé qué imaginé o qué temí. Sólo podía mirarle.
–¡Ham! ¡Mi pobre amigo! Por el amor de Dios, ¿qué ocurre?
–Mi amor, señorito Davy… el orgullo y la esperanza de mi corazón… la mujer por la que habría dado la vida, y por la que moriría ahora mismo… ¡se ha marchado!
–¿Que se ha marchado?