David Copperfield

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–¡Emily ha huido! ¡Oh, señorito Davy! Entenderá cómo lo ha hecho cuando me vea suplicar al buen Dios que la mate (a ella, a quien amo sobre todas las cosas) antes de que caigan sobre ella la vergüenza y el deshonor.

El rostro que volvió hacia el tormentoso cielo, el temblor de sus manos entrelazadas y la angustia de todo su ser han quedado desde entonces ligados en mi recuerdo a aquella solitaria llanura. Siempre es de noche allí, y Ham es lo único que aparece en la escena.

–Usted tiene estudios –se apresuró a añadir–. Y sabe lo que es mejor y más oportuno. ¿Qué tengo que decir, ahí dentro? ¿Cómo voy a darle la noticia a su tío, señorito Davy?

Vi que la puerta se movía y, de forma instintiva, traté de agarrar el picaporte para ganar un poco de tiempo. Demasiado tarde. El señor Peggotty asomó la cabeza; y nunca podré olvidar cómo se le demudó el semblante cuando nos vio, aunque viviera quinientos años.

Recuerdo un largo gemido y un grito, y las mujeres rodeándolo, y todos de pie en la habitación. Yo, con un papel que me había dado Ham en la mano; el señor Peggotty, con el chaleco desgarrado, el pelo revuelto, el rostro y los labios lívidos, un hilo de sangre deslizándose por su pecho (creo que había brotado de su boca) y los ojos clavados en mí.


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