David Copperfield
David Copperfield La recién llegada era la señorita Murdstone, una dama de aspecto verdaderamente sombrío. Era tan morena como su hermano, y tanto su rostro como su voz se parecían muchísimo a los de éste; tenía unas cejas muy espesas que casi se juntaban sobre su enorme nariz, como si, al impedirle su sexo llevar patillas, hubiera decidido lucirlas allí. Traía con ella dos rígidos baúles de color negro, con sus iniciales de latón clavadas en la tapa. Cuando pagó al cochero el importe del viaje, sacó el dinero de un portamonedas de metal; volvió a guardar éste en un bolso que colgaba de su brazo con una pesada cadena, como si fuera una pequeña prisión, y lo cerró de golpe, al igual que si diera una dentellada. Jamás había conocido hasta entonces a una dama tan metálica como la señorita Murdstone.
Fue conducida al salón entre grandes muestras de bienvenida y, una vez allí, saludó formalmente a mi madre como a un familiar nuevo y muy cercano. Después dirigió su mirada hacia mí y preguntó:
–¿Es ése tu hijo, querida cuñada?
Mi madre contestó que sí.
–Por lo general, no me gustan los niños –exclamó la señora Murdstone–. ¿Cómo estás, muchacho?
En aquellas circunstancias tan alentadoras, respondí que estaba muy bien y que confiaba en que también lo estuviera ella; pero lo dije con tan poco entusiasmo que la señorita Murdstone me juzgó en dos palabras: