David Copperfield
David Copperfield –¡Necesita educación!
Y, después de pronunciar esto con mucha claridad, rogó que la acompañaran a su habitación, que desde entonces se convirtió en un lugar aterrador para mí, en el que nunca se veían abiertos los baúles negros; una o dos veces, al asomar mi cabeza en ausencia de su dueña, vi un formidable despliegue de cadenitas y remaches de metal, que servían a la señorita Murdstone para acicalarse y que solían colgar del espejo.
Creí entender que había venido para siempre y no tenía la menor intención de marcharse. A la mañana siguiente empezó a «ayudar» a mi madre, y pasó todo el día entrando y saliendo de la despensa, poniendo orden y cambiando las cosas de lugar. Una de las primeras peculiaridades que observé en la señorita Murdstone fue que vivía obsesionada por la sospecha de que las criadas tenían escondido a un hombre en algún rincón de la casa. Bajo la influencia de esta idea descabellada, registraba la carbonera a las horas más intempestivas, y rara vez abría la puerta de un armario oscuro sin volver a cerrarla de golpe, convencida de que lo había atrapado.