David Copperfield
David Copperfield A pesar de que no habÃa nada de etéreo en la señorita Murdstone, era tan madrugadora como una alondra. Se levantaba mucho antes de que los demás empezaran a desperezarse (sigo creyendo que para buscar al hombre). Peggotty opinaba que incluso dormÃa con un ojo abierto; pero yo disentÃa, pues, al intentar seguir su ejemplo, comprobé que resultaba imposible.
Al dÃa siguiente de su llegada, salió de la cama y tocó la campanilla al rayar el alba. Cuando mi madre bajó a desayunar y se puso a preparar el té, la señorita Murdstone le dio una especie de picotazo en la mejilla, que para ella era lo más parecido a un beso.
–Clara, querida –empezó a decir–, ya sabes que he venido aquà para ayudarte en todo lo que sea posible. Eres demasiado bonita y atolondrada –mi madre se ruborizó, pero rompió a reÃr como si esas palabras no le disgustaran– para cargar con unas responsabilidades que puedo asumir yo. Si tienes la bondad de darme tus llaves, me ocuparé en el futuro de esos asuntos.
A partir de entonces, la señorita Murdstone guardó las llaves en su bolsito-prisión durante el dÃa y bajo la almohada durante la noche; y mi madre tuvo el mismo acceso a ellas que pudiera tener yo.