David Copperfield
David Copperfield La revelación de tanta vileza me dejó estupefacto, y seguí contemplando el ir y venir de la señorita Mowcher hasta que le faltó el aliento; entonces se sentó nuevamente en la rejilla y, enjugándose el rostro con el pañuelo, se limitó a mover la cabeza durante mucho tiempo, sin romper el silencio.
–Mis viajes por provincias, señor Copperfield –añadió, finalmente–, me condujeron hace dos noches a Norwich. Al descubrir por casualidad sus misteriosas idas y venidas sin usted, lo que me pareció extraño, empecé a sospechar que algo no iba bien. Cogí la diligencia de Londres, a su paso por Norwich, y llegué aquí esta mañana. ¡Ay! ¡Demasiado tarde!
La pobre y pequeña Mowcher, toda temblorosa después de tanta angustia y de tantas lágrimas, cambió de postura para calentar sus diminutos pies mojados entre las cenizas y se quedó mirando el fuego, como una enorme muñeca. Yo me senté en una silla al otro lado del hogar, sumido en las más sombrías reflexiones, sin despegar la vista de las llamas, aunque a veces la desviara hacia ella.
–Tengo que marcharme –dijo al fin, poniéndose en pie mientras hablaba–. Es tarde. No desconfiará de mí, ¿verdad?