David Copperfield
David Copperfield –¿Cómo podÃa saberlo yo? –se lamentó la señorita Mowcher, volviendo a sacar su pañuelo y dando una pequeña patada en el suelo cada vez que, con breves intervalos, se enjugaba los ojos con las dos manos al mismo tiempo–. Me di cuenta de que Steerforth era una mala influencia para usted y de que pretendÃa engatusarle; comprendà que usted era como cera blanda entre sus manos. En cuanto salà de la estancia, su criado me dijo que el «Joven Inocente» (era el nombre que le daba, asà que usted puede llamarle el «Viejo Culpable» mientras viva) estaba enamorado de la joven, y que ésta le correspondÃa; pero que su amo querÃa impedir que el asunto se complicara (por afecto a usted, más que por la muchacha) y que por eso habÃan venido a Yarmouth. ¿Qué podÃa hacer sino creerle? Vi cómo Steerforth le tranquilizaba y halagaba cubriendo de elogios a la joven. Usted fue el primero en pronunciar su nombre. Reconoció haberla admirado en el pasado. Se mostró ardiente y glacial, se sonrojó y palideció, mientras yo le hablaba de ella. ¿Qué podÃa pensar… qué pensé yo… sino que era usted un joven libertino al que sólo faltaba experiencia, en manos de alguien que sà la tenÃa y que podÃa influir en usted (porque asà le apetecÃa) para que no cometiera un error? ¡Ay! TemÃan que yo descubriera la verdad –exclamó la señorita Mowcher, levantándose de la rejilla y yendo de un lado a otro de la cocina, desesperada, con los bracitos en alto–, pues soy una criatura muy perspicaz… no tengo más remedio, ¡he de sobrevivir!… y los dos me engañaron por completo, y me pidieron que entregara una carta a la pobre e infortunada niña; y estoy convencida de que ése fue el motivo de que ella empezara a hablar con Littimer, que se quedó en Yarmouth únicamente para eso.