David Copperfield
David Copperfield Su pregunta fue tan directa que, cuando me tropecé con su mirada, que me pareció más penetrante que nunca, fui incapaz de responderle que no con total franqueza.
–¡Vamos! –exclamó ella, aceptando la ayuda de mi mano para pasar por encima de la rejilla y mirándome suplicante–. Sabe que no desconfiarÃa de mà si tuviera una estatura normal…
Comprendà que sus palabras encerraban una gran verdad; y me sentà bastante avergonzado de mà mismo.
–Es usted muy joven –afirmó, con una inclinación de cabeza–. Escuche un buen consejo, aunque proceda de una criatura insignificante de tres pies de altura. Procure no confundir los defectos fÃsicos con los defectos morales, mi buen amigo, salvo cuando existan sólidas razones.
La señorita Mowcher habÃa logrado bajar de la rejilla y yo superar mi desconfianza. Le dije que estaba seguro de que me habÃa contado la verdad, y de que sólo habÃamos sido dos instrumentos ciegos en unas pérfidas manos. Me dio las gracias y aseguró que yo era un buen muchacho.