David Copperfield
David Copperfield –Ahora, ¡escúcheme bien! –exclamó, volviéndose antes de llegar a la puerta, con el dedo en alto y una expresión maliciosa en el rostro–. Tengo motivos para sospechar (voy siempre con los oÃdos muy abiertos, no puedo desperdiciar ninguna de mis facultades) que han abandonado Inglaterra. Pero si algún dÃa regresan los dos, o tan sólo uno de ellos, estando yo viva, tengo más facilidades que nadie para enterarme, pues voy siempre de un lado para otro. Todo cuanto sepa, lo sabrá usted. Y, si algún dÃa puedo hacer algo por esa pobre muchacha traicionada, lo haré de corazón, ¡con la ayuda del Cielo! En cuanto a Littimer, ¡más le valdrÃa tener un sabueso a sus espaldas que a la pequeña Mowcher!
Cuando vi la expresión de sus ojos, creà firmemente en sus palabras.
–Quiero que tenga la misma confianza en mà (ni más, ni menos) que si mi estatura fuera normal –me rogó la señorita Mowcher, tocándome la muñeca–. Si en alguna ocasión vuelvo a parecerle muy distinta a la mujer de hoy, e igual a la criatura que conoció aquella noche en la posada, fÃjese en la gente que me rodea. Recuerde que soy un ser desamparado e indefenso. Imagine mi regreso a casa, después de un largo dÃa de trabajo, junto a un hermano y a una hermana como yo. Quizá entonces no me juzgue con tanta dureza, ni le cause sorpresa verme seria y afligida. ¡Buenas noches!