David Copperfield
David Copperfield Estreché la mano de la señorita Mowcher, considerándola una persona muy diferente de lo que había creído hasta entonces, y me dirigí a la puerta para dejarla salir. No me resultó fácil abrir el enorme paraguas y conseguir que ella lo sujetara, pero finalmente lo logré; y vi cómo éste se alejaba calle abajo, bamboleándose bajo la lluvia, sin que pareciera haber nadie debajo, excepto cuando caía un chaparrón más fuerte y lo tumbaba hacia un lado, dejando al descubierto a la señorita Mowcher, que luchaba desesperadamente por enderezarlo. Después de acudir un par de veces en su ayuda, sin demasiado éxito, pues el paraguas se elevaba como un enorme pájaro antes de que yo pudiera alcanzarlo, entré en casa de Peggotty, me metí en la cama y dormí hasta el día siguiente.
El señor Peggotty y mi vieja niñera se reunieron conmigo por la mañana, y nos dirigimos muy temprano a la parada de la diligencia, donde la señora Gummidge y Ham nos esperaban para despedirse.
–Señorito Davy –me dijo Ham en voz baja, llevándome a un lado mientras el señor Peggotty colocaba su saco con el resto del equipaje–, mi tío está destrozado. No sabe adónde va, ni lo que le espera; se embarca en un viaje que, con alguna interrupción, durará lo que le queda de vida, a menos que encuentre lo que busca. Será usted un amigo para él, ¿verdad, señorito Davy?