David Copperfield
David Copperfield –ConfÃa en mÃ, Ham –le respondÃ, estrechando calurosamente su mano.
–Gracias, muchas gracias, señor. Una cosa más. Tengo un buen empleo, señorito Davy, y no sé en qué gastar lo que gano. Ya no necesito dinero, sólo lo justo para vivir. Si puede usted guardarlo para él, creo que trabajarÃa de mejor gana. Aunque en ese sentido, señor –señaló con voz suave y firme–, puede estar seguro de que trabajaré siempre como un hombre, y de que me conduciré lo mejor que pueda.
Le dije que estaba convencido de eso; e insinué que tenÃa la esperanza de que algún dÃa dejara de llevar la vida solitaria a la que ahora se veÃa condenado.
–No, señor –repuso, moviendo la cabeza–, todo ha terminado para mÃ. Nadie podrá ocupar el lugar que ha quedado vacÃo. Pero no se olvidará del dinero, ¿verdad? Siempre ha de tenerlo a su disposición.
Se lo prometÃ, después de recordarle que el señor Peggotty tenÃa una renta, aunque modesta, gracias al legado de su difunto cuñado. Entonces nos despedimos. Y no puedo separarme de él, ni siquiera ahora, sin sentir una punzada de dolor ante su sencilla entereza y su profunda aflicción.