David Copperfield
David Copperfield En cuanto a la señora Gummidge, si tuviera que intentar describir cómo corrÃa al lado de la diligencia –no teniendo ojos más que para el señor Peggotty, sentado en la parte superior– tratando de contener las lágrimas y tropezando con todos los que iban en dirección contraria, lo cierto es que acometerÃa una empresa muy difÃcil. Por ese motivo, prefiero dejarla sentada en el escalón de la puerta de una panaderÃa, sin aliento, con el sombrero irreconocible y uno de sus zapatos en medio de la calle, a una distancia considerable.
Cuando llegamos a nuestro destino, lo primero que hicimos fue buscar un alojamiento para Peggotty, donde su hermano pudiera tener una cama. Tuvimos la suerte de encontrar uno, muy limpio y barato, encima de una tienda de ultramarinos y tan sólo a dos manzanas de mi casa. Una vez alquilado, compré un poco de carne frÃa en un restaurante y llevé a mis compañeros de viaje a tomar el té en casa; dicho proceder, lamento decir, no fue del agrado de la señora Crupp, sino todo lo contrario. Debo añadir, sin embargo, para explicar el malhumor de mi casera, que se sintió muy ofendida al ver que Peggotty, cuando no llevaba ni diez minutos en la casa, se remangaba su ropa de luto y empezaba a desempolvar mi dormitorio. Le pareció que era tomarse demasiadas libertades, y eso era algo que ella jamás consentÃa.