David Copperfield

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El señor Peggotty pasó sin decir una palabra y salió a la calle.

–¡Qué vergüenza, señorita Dartle! ¡Qué vergüenza! –exclamé indignado–. ¿Cómo puede pisotear de ese modo su inmerecido dolor?

–Pisotearía a toda su familia –contestó ella–. Derribaría su casa. Marcaría el rostro de esa muchacha con un hierro candente,[66] la cubriría de harapos y la arrojaría a la calle para que se muriera de hambre. Si tuviera poder para juzgarla, eso es lo que haría. ¡Y además personalmente! ¡La odio! Si algún día pudiera reprocharle su infamia, sería capaz de ir hasta el fin del mundo para hacerlo. Si pudiera llevarla a la tumba, no lo dudaría. Si hubiese una palabra que pudiera consolarla en su lecho de muerte, y sólo yo la conociera, preferiría morir antes que decírsela.

La simple vehemencia de sus palabras no era sino un débil reflejo, lo sé muy bien, de la pasión que la dominaba y que se manifestaba en todo su cuerpo, a pesar de que, en lugar de gritar, su voz era más baja que de costumbre. Ninguna descripción mía podría hacer justicia al recuerdo que he conservado de aquella mujer poseída por la furia. He visto la ira bajo muchas formas, pero jamás tan desatada.


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