David Copperfield
David Copperfield Cuando alcancé al señor Peggotty, éste bajaba lentamente la colina, con aire pensativo. Me dijo, inmediatamente, que se disponía a «iniciar sus viajes» aquella misma noche, pues ya había cumplido con lo que creía que era su deber en Londres. Quise saber dónde pensaba dirigirse en primer lugar, y lo único que me respondió fue que iba a buscar a su sobrina.
Regresamos a su pequeño alojamiento, encima de la tienda de ultramarinos, y encontré el modo de repetir a Peggotty lo que su hermano me había dicho. Ella me comunicó, a su vez, que él le había comentado lo mismo por la mañana. Desconocía tanto como yo dónde pensaba dirigirse, pero estaba convencida de que tenía algún plan.
No quise dejarlo en aquellas circunstancias, y los tres cenamos juntos un pastel de carne –una de las muchas especialidades de Peggotty– que ese día, lo recuerdo bien, se vio extrañamente perfumado por los efluvios de una mezcla de sabores a té, café, mantequilla, tocino, queso, pan recién salido del horno, leña, velas y salsa de nueces, que subían sin cesar de la tienda. Cuando terminamos, nos sentamos cerca de una hora junto a la ventana, sin hablar demasiado; después el señor Peggotty se levantó, fue a buscar su saco de hule y su sólido bastón, y los dejó encima de la mesa.