David Copperfield
David Copperfield Aceptó de manos de su hermana, a cuenta de su herencia, una pequeña suma de dinero en efectivo; apenas lo necesario para vivir un mes, pensé. Prometió avisarme si le ocurría algún percance; y, echándose el saco al hombro, cogió el sombrero y el bastón y nos dijo adiós.
–¡Qué Dios te bendiga, vieja y querida hermana! –exclamó, abrazando a Peggotty–. ¡Y también a usted, señorito Davy! –añadió, estrechando mi mano–. Voy a buscar a Emily a lo largo y ancho del mundo. Si ella volviera a casa durante mi ausencia… aunque eso, por desgracia, es muy poco probable… o si lograse traerla de nuevo conmigo, mi intención es llevármela muy lejos, donde nadie pueda echarle nada en cara. Si me ocurriera alguna desgracia, ¡no olviden que mi último mensaje fue que seguía queriendo igual que siempre a mi adorada niña, y que la perdonaba!
Pronunció estas palabras en tono solemne, con la cabeza al descubierto; luego se puso el sombrero, bajó las escaleras y salió. Nosotros le seguimos hasta la puerta. Era un atardecer cálido y polvoriento; la hora en que, en la avenida donde desembocaba nuestra callejuela –iluminada por el rojo resplandor del crepúsculo–, se interrumpía por algún tiempo el eterno ruido de pisadas. Dobló la esquina de nuestra sombría calle, completamente solo, y desapareció bajo aquella luz incandescente.