David Copperfield

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–La joven debería de estar muy satisfecha de tener semejante admirador –señaló–. En cuanto a su papá, por el amor de Dios, ¿qué pretende ese caballero?

Me di cuenta, sin embargo, de que la toga de procurador y el cuello almidonado del señor Spenlow impresionaban a Peggotty, y hacían que aumentara su respeto por un hombre cada día más etéreo ante mis ojos, y al que yo veía rodeado de un halo luminoso cuando estaba sentado en el tribunal, muy erguido, entre sus expedientes, como un pequeño faro en medio de un mar de papeles. Y recuerdo lo extraño que me parecía pensar, mientras estaba en la sala, que aquellos viejos y aburridos jueces y doctores ni habrían mirado siquiera a Dora de haberla conocido, ni se habría apoderado de ellos un rapto de los sentidos si alguien les hubiera propuesto casarse con ella; y, si Dora hubiera cantado y tocado su maravillosa guitarra hasta hacerme casi perder a mí el juicio, ¡a aquellos tipos parsimoniosos no los habría apartado ni una pulgada de su camino!

Los despreciaba a todos, desde el primero hasta el último. Viejos jardineros congelados en los macizos de flores del corazón, me sentía indignado con ellos. La judicatura no podía ser más insensible, y la abogacía estaba tan desprovista de ternura o de poesía como la barra de una taberna.[67]


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