David Copperfield
David Copperfield Cuando regresé a Londres, lo primero que hice fue dar un paseo nocturno hasta Norwood y, como el personaje de una venerable adivinanza de mi niñez, «rondar y rondar la casa sin tocarla jamás», pensando en Dora. Creo que la solución de aquel incomprensible acertijo era la luna. Pero fuera lo que fuera, yo, esclavo lunático de Dora, estuve dando vueltas alrededor de la casa y del jardÃn durante dos horas, mirando a través de los huecos de la empalizada, apoyando la barbilla –después de unos esfuerzos sobrehumanos– en los clavos oxidados de la parte superior, lanzando besos a las ventanas iluminadas y pidiendo románticamente a la noche, de vez en cuando, que protegiera a mi Dora… no sé muy bien de qué, supongo que de un incendio; aunque tal vez fuese de los ratones, que le daban mucho miedo.
Mi amor me obsesionaba de tal modo, y tenÃa tanta confianza en Peggotty, que una noche que estaba a mi lado con sus antiguos enseres de costura, pasando revista a mi guardarropa, decidà contarle mi gran secreto, con toda clase de circunloquios. Peggotty se mostró muy interesada, pero no logré que viera las cosas desde mi punto de vista. Era tan poco ecuánime a la hora de juzgarme que no podÃa comprender el motivo de mis recelos y de mi pesimismo.