Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Era agradable y apacible divisar las velas sobre el río, que pasaban más allá de las zanjas, y algunas veces, en la marea baja, parecían pertenecer a embarcaciones hundidas que todavía navegaban por el fondo del agua. Siempre que observaba las embarcaciones que había en el mar con las velas extendidas, recordaba a la señorita Havisham y a Estella; y cuando la luz daba de lado en una nube, en una vela, en la loma verde de una colina o en la línea de agua del horizonte, me ocurría lo mismo. La señorita Havisham, Estella, la casa extraña de la primera y la singular vida que ambas llevaban parecían tener que ver con todo lo que fuese pintoresco.
Un domingo, cuando Joe, disfrutando de su pipa, se hubo vanagloriado de tener la mollera muy dura y yo lo hube dejado tranquilo por aquel día, me quedé tendido en el suelo por algún tiempo y con la barbilla en la mano, y parecíame descubrir huellas de la señorita Havisham y de Estella por todos lados, en el cielo y en el agua, hasta que por fin resolví comunicar a Joe un pensamiento que hacía tiempo se albergaba en mi cabeza.