Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Cuando dije que solamente habÃa ido a ver cómo estaba la señorita Havisham, fue evidente que Sara deliberó acerca de si me permitirÃa o no la entrada, pero, no atreviéndose a asumir la responsabilidad, me dejó entrar, y poco después me comunicó la seca orden de que subiera. Nada habÃa cambiado, y la señorita Havisham estaba sola.
—Muy bien—dijo fijando sus ojos en m×. Espero que no deseas cosa alguna. Te advierto que no obtendrás nada.
— No me trae nada de eso, señorita Havisham — contesté —. Únicamente deseaba comunicarle que estoy siguiendo mi aprendizaje y que siento el mayor agradecimiento hacia usted.
— Bueno, bueno — exclamó moviendo los dedos con impaciencia —. Ven de vez en cuando. Ven el dÃa de tu cumpleaños. ¡Hola!—exclamó de pronto, volviéndose y volviendo también la silla hacia mà —. Seguramente buscas a Estella, ¿verdad?
En efecto, yo habÃa mirado alrededor de mà buscando a la joven, y por eso tartamudeé diciendo que, según esperaba, estarÃa bien de salud.
— Está en el extranjero — contestó la señorita Havisham—, educándose como conviene a una señora. Está lejos de tu alcance, más bonita que nunca, y todos cuantos la ven la admiran. ¿Te parece que la has perdido?