Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Yo no quise oír hablar de ello, de modo que él se sentó a la cabecera y yo frente a él. Era una cena bastante apetitosa, que entonces me pareció un festín digno del lord mayor y que adquirió mayor encanto por estar completamente independientes, pues no había personas de edad con nosotros, y Londres nos rodeaba.
Además, hubo en todo cierto carácter nómada o gitano, que acabó de dar encanto al banquete; porque mientras la mesa era, según podía haber dicho el señor Pumblechook, el regazo del lujo y de la esplendidez-pues fue servida desde el café más cercano -, la región circundante de la sala tenía un carácter de desolación que obligó al camarero a seguir la mala costumbre de poner las tapaderas en el suelo, que, por cierto, estuvieron a punto de hacerle caer; la mantequilla derretida, en un sillón de brazos; el pan, en los estantes de la librería; el queso, en el cubo del carbón, y el pollo guisado, sobre mi cama, que estaba en la habitación inmediata; de manera que cuando aquella noche me retiré a dormir encontré una parte de manteca y de perejil en estado de congelación.
Pero todo eso hizo delicioso mi festín, y cuando el camarero no estuvo allí para observarme, mi contento no tuvo igual.
Habíamos empezado a comer, cuando recordé a Herbert su promesa de referirme la historia de la señorita Havisham.