Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Me atrevo a creer que estaremos juntos con frecuencia, y por esto deseo alejar todo motivo de reserva entre nosotros. ¿Quiere usted hacerme el favor de llamarme desde ahora por mi nombre de pila, Herbert? Yo le di las gracias y le dije que lo haría, informándole, en cambio, de que mi nombre de pila era Philip.
No me gusta Philip- dijo sonriendo, - porque me recuerda a uno de esos niños malos de los libros delectura, que era tan perezoso que se cayó en un estanque, o tan gordo que no podía ver más allá de sus ojos, o tan avariento que se guardaba el pastel hasta que se lo comían los ratones, o tan aficionado a ir a coger nidos que, una vez, le devoraron los osos que le esperaban al acecho en las cercanías. Voy a decirle a usted lo que me gustaría. Reina entre nosotros tal armonía y usted ha sido herrero… ¿No tendrá inconveniente?
Vamos a ver lo que propone usted - contesté -; pero hasta ahora no le entiendo.
¿No le gustaría que le llamase Haendel como nombre familiar? Hay una encantadora obra musical de Haendel, llamada El herrero armonioso.
Me gustaría mucho.
Pues entonces, mi querido Haendel - dijo volviéndose en el mismo momento en que se abría la puerta -, aquí está la comida, y debo rogarle que se siente a la cabecera de la mesa, porque paga usted.