Grandes Esperanzas

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Él era todavía un joven caballero pálido y, a pesar de su alegría y entusiasmo, se advertía en su persona cierta languidez que no parecía indicar gran fortaleza. No era hermoso de rostro, pero tenía otra cualidad mejor, pues era alegre y simpático. Su figura era un poco desgarbada, como los días en que mis puños se tomaron tales libertades con ella, pero parecía como si hubiera de ser siempre ligero y joven. Habría sido dudoso saber si la obra del señor Trabb le habría sentado mejor a él que a mí, aunque estoy persuadido de que llevaba su traje viejo mucho mejor que yo el mío nuevo.

Como él se mostraba muy comunicativo, comprendí que la reserva por mi parte sería una mala correspondencia e inadecuada a nuestros años. Por consiguiente, le referí mi corta historia, haciendo hincapié en que se me había prohibido indagar quién era mi bienhechor. Añadí que, como me había educado en casa de un herrero del pueblo y conocía muy poco los modales cortesanos, consideraría muy bondadoso por su parte el que se molestase en hacerme alguna indicación en cuanto me viese apurado o cometiese alguna torpeza. -Con mucho gusto – dijo - aunque me aventuro a profetizar que necesitará usted muy pocas indicaciones.



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