Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Cuando llegó Herbert salimos y tomamos el lunch en un establecimiento famoso, que yo entonces veneraba casi, pero del que ahora creo que fue la más abyecta superstición de Europa y en donde ni aun entonces pude dejar de notar que había mucha más salsa en los manteles, en los cuchillos y en los paños de los camareros que en los mismos platos que servían.
Una vez terminada aquella colación de precio moderado, teniendo en cuenta la grasa que no se cargaba a los clientes, regresamos a la Posada de Barnard, cogí mi maletín y luego ambos tomamos un coche hacia Hammersmith.
Llegamos allí a las dos o a las tres de la tarde y tuvimos que andar muy poco para llegar a la casa del señor Pocket.
Levantando el picaporte de una puerta pasamos directamente a un jardincito que daba al río y en el cual jugaban los niños del señor Pocket. Y a menos que yo me engañe a mí mismo, en un punto en que mis intereses o mis simpatías no tienen nada que ver, observe que los hijos del señor y de la señora Pocket no crecían, sino que se levantaban.
La señora Pocket estaba sentada en una silla de jardín y debajo de un árbol, leyendo, con las piernas apoyadas sobre otra silla; las dos amas de la señora Pocket miraban alrededor mientras los niños jugaban.