Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas El lunes por la mañana, a las nueve menos cuarto, Herbert se marchó a la oficina para trabajar, y supongo que también para observar alrededor de él, y yo le acompañé.
Una o dos horas después tenía que salir para acompañarme a Hemmersmith, y yo tenía que esperarle. Me pareció que los huevos en que se incubaban los jóvenes aseguradores eran dejados en el polvo y al calor, como los de avestruz, a juzgar por los lugares en que aquellos gigantes incipientes se albergaban en las mañanas del lunes.
La oficina a que asistió Herbert no me pareció un excelente observatorio, porque estaba situada en la parte trasera y en el segundo piso de una casa; tenía un aspecto muy triste, y las ventanas daban a un patio interior y no a ninguna atalaya.
Esperé hasta que fue mediodía y me fui a la Bolsa, en donde vi hombres vellosos sentados allí, en la sección de embarques y a quienes tomé por grandes comerciantes, aunque no pude comprender por qué parecían estar todos tan enojados.