Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Por la tarde fuimos a dar un paseo por las calles, y entramos en el teatro, a mitad de precio; al día siguiente visitamos la iglesia de la Abadía de Westminster y pasamos la tarde paseando por los parques. Allí me pregunté quién herraría todos los caballos que pasaron ante mí, y deseé que Joe se hubiese podido encargar de aquel trabajo.
Calculando moderadamente, aquel domingo hacía ya varios meses que dejé a Joe y a Biddy. El espacio interpuesto entre ellos y yo se aumentó igualmente en mi memoria, y nuestros marjales se me aparecían más distantes cada vez.
El hecho de que yo hubiera podido estar en nuestra antigua iglesia llevando mi viejo traje de las fiestas tan sólo el domingo anterior, me parecía una combinación de imposibilidades tanto geográficas como sociales, o solares y lunares.
Sin embargo, en las calles de Londres, tan llenas de gente y tan brillantemente iluminadas al atardecer, había deprimentes alusiones y reproches por el hecho de que yo hubiese situado a tanta distancia la pobre y vieja cocina de mi casa; y en plena noche, los pasos de algún impostor e incapaz portero que anduviera por las cercanías de la Posada de Barnard con la excusa de vigilarla penetraban profundamente en mi corazón.