Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Éramos naturales de un paÃs pantanoso, situado en la parte baja del rÃo y comprendido en las revueltas de éste, a veinte millas del mar. Mi impresión primera y más vÃvida de la identidad de las cosas me parece haberla obtenido a una hora avanzada de una memorable tarde. En aquella ocasión di por seguro que aquel lugar desierto y lleno de ortigas era el cementerio; que Felipe Pirrip, último que llevó tal nombre en la parroquia, y también Georgiana, esposa del anterior, estaban muertos y enterrados; que Alejandro, Bartolomé, Abraham, Tobias y Roger, niños e hijos de los antes citados, estaban también muertos y enterrados; que la oscura y plana extensión de terreno que habÃa más allá del cementerio, en la que abundaban las represas, los terraplenes y las puertas y en la cual se dispersaba el ganado para pacer, eran los marjales; que la lÃnea de color plomizo que habÃa mucho mas allá era el rÃo; que el distante y salvaje cubil del que salÃa soplando el viento era el mar, y que el pequeño manojo de nervios que se asustaba de todo y que empezaba a llorar era Pip.
— ¡Estáte quieto! gritó una voz espantosa, en el momento en que un hombre salÃa de entre las tumbas por el lado del pórtico de la iglesia. -¡Estáte quieto, demonio, o te corto el cuello!