Grandes Esperanzas

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Era un hombre terrible, vestido de basta tela gris, que arrastraba un hierro en una pierna. Un hombre que no tenía sombrero, que calzaba unos zapatos rotos y que en torno a la cabeza llevaba un trapo viejo. Un hombre que estaba empapado de agua y cubierto de lodo, que cojeaba a causa de las piedras, que tenía los pies heridos por los cantos agudos de los pedernales; que había recibido numerosos pinchazos de las ortigas y muchos arañazos de los rosales silvestres; que temblaba, que miraba irritado, que gruñía, y cuyos dientes castañeteaban en su boca cuando me cogió por la barbilla.

— ¡Oh, no me corte el cuello, señor! -rogué, atemorizado-. ¡Por Dios, no me haga, señor!

— ¿Cómo te llamas? -exclamó el hombre-. ¡Aprisa!

— Pip, señor.

— Repítelo -dijo el hombre, mirándome-. Vuelve a decírmelo.

— Pip, Pip, señor.

— Ahora indícame dónde vives. Señálalo desde aquí.

Yo indiqué la dirección en que se hallaba nuestra aldea, en la llanura contigua a la orilla del río, entre los alisos y los árboles desmochados, a cosa de una milla o algo más desde la iglesia.


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