Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Aquel hombre, después de mirarme por un momento, me cogió y, poniéndome boca abajo, me vació los bolsillos. No habÃa en ellos nada más que un pedazo de pan. Cuando la iglesia volvió a tener su forma -porque fue aquello tan repentino y fuerte, el ponerme cabeza abajo, que a mà me pareció ver el campanario a mis pies-, cuando la iglesia volvió a tener su forma, repito, me vi sentado sobre una alta losa sepulcral, temblando de pies a cabeza, en tanto que él se comÃa el pedazo de pan con hambre de lobo.
— ¡Sinvergüenza! -exclamó aquel hombre lamiéndose los labios-. ¡Vaya unas mejillas que has echado!
Creo que, en efecto, las tenÃa redondas, aunque en aquella época mi estatura era menor de la que correspondÃa a mis años y no se me podÃa calificar de niño robusto.
— ¡Asà me muera, si no fuese capaz de comérmelas! -dijo el hombre, moviendo la cabeza de un modo amenazador-. Y hasta me siento tentado de hacerlo.
Yo, muy serio, le expresé mi esperanza de que no lo harÃa y me agarré con mayor fuerza a la losa en que me habÃa dejado, en parte, para sostenerme y también para contener el deseo de llorar.
— Oye -me preguntó el hombre-. ¿Dónde está tu madre?
— AquÃ, señor -contesté.