Grandes Esperanzas
Grandes Esperanzas Él se sobresaltó, corrió dos pasos y por fin se detuvo para mirar a su espalda.
— AquÃ, señor -expliqué tÃmidamente-. «También Georgiana.» Ésta es mi madre.
— ¡Oh! -dijo volviendo a mi lado-. ¿Y tu padre está con tu madre?
— SÃ, señor -contesté-. Él también. Fue el último de su nombre en la parroquia.
— ¡Ya! -murmuró, reflexivo-. Ahora dime con quién vives, en el supuesto de que te dejen vivir con alguien, cosa que todavÃa no creo.
— Con mi hermana, señor… Con la señora Joe Gargery, esposa de Joe Gargery, el herrero.
— El herrero, ¿eh? -dijo mirándose la pierna.
Después de contemplarla un rato y de mirarme varias veces, se acercó a la losa en que yo estaba sentado, me cogió con ambos brazos y me echó hacia atrás tanto como pudo, sin soltarme: de manera que sus ojos miraban con la mayor tenacidad y energÃa en los mÃos, que a su vez le contemplaban con el mayor susto.
— Escúchame ahora -dijo-. Se trata de saber si se te permitiré seguir viviendo. ¿Sabes lo que es una lima?
— SÃ, señor.
— ¿Y sabes lo que es comida?
— SÃ, señor.