Historia de dos ciudades

Historia de dos ciudades

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El señor Cruncher, sin dejar, además, de mascullar frases como «Conque eres religiosa, ¿eh? Pero no te pondrías en contra de los intereses de tu marido y de tu hijo, ¿verdad?» y de arrancar sarcásticos chispazos del tumultuoso yunque de su indignación, se ocupaba en limpiarse las botas y en hacer los preparativos de su salida cotidiana. Mientras tanto su hijo, con una cabeza coronada por púas más tiernas y unos ojos juveniles que, como los de su padre, no se separaban el uno del otro, vigilaba a su madre cumpliendo su cometido. De vez en cuando incordiaba a la pobre mujer asomándose desde el cubículo donde dormía, y donde se aseaba, como dispuesto a decirle: «Te las vas a cargar, madre… ¡Cuidado, padre!»; y, después de levantar esta falsa alarma, se volvía a meter en su cubículo, con una mueca de muchacho desobediente.

El señor Cruncher, con el mal humor en su apogeo cuando se sentó a la mesa, se irritó de una manera muy especial contra el Benedicite que murmuraba su mujer.

—¿No callas, maldita criatura? —gritó—. ¿Qué dices entre dientes?

—Pido al Señor que bendiga nuestro desayuno —respondió la pobre mujer.


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